SECCIÓN 6 EL MUNDO DE LOS SAMURÁIS 

 

En Europa, el hombre de armas feudal, pesadamente protegido de la cabeza a los pies, confiaba en la potencia de sus golpes o, si montaba a caballo, en el impacto de la carga sobre el enemigo. El guerrero japonés, sin embargo, soldado de infantería o jinete, siempre antepuso su agilidad en combate a cualquier forma de protección que pudieran mermarla.

 

La propia conformación de la antigua armadura japonesa favoreció esta característica: su estructura laminar, la calidad del material y su grosor no excesivo proporcionaban una defensa válida contra las armas ligeras, una protección menor, pero suficiente contra los ataques directos, pero garantizando al guerrero la agilidad necesaria para defenderse bien.